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Kirjailija
Leopoldo Alas
Kirjat ja teokset yhdessä paikassa: 109 kirjaa, julkaisuja vuosilta 1984–2026, suosituimpiin kuuluu 7 mejores cuentos - Leopoldo Alas. Vertaile teosten hintoja ja tarkista saatavuus suomalaisista kirjakaupoista.
Laguna es una ciudad alegre, blanca toda y metida en un cuadro de verdura. Rod anla anchos prados pantanosos; por Oriente le besa las antiguas murallas un r o que describe delante del pueblo una ese, como quien hace una pirueta, y que despu s, en seguida, se para en un remanso, yo creo que para pintar en un reflejo la ciudad hermosa, de quien est enamorado. Bordan el horizonte bosques seculares de encinas y casta os por un lado, y por otro, crestas de alt simas monta as, muy lejanas y cubiertas de nieve. El paisaje que se contempla desde la torre de la colegiata no tiene m s defecto que el de parecer amanerado y casi, casi, de abanico. El pueblo, por dentro, es tambi n risue o, y como est tan blanco, parece limpio.
El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ngulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gij n. Un palo del tel grafo, plantado all como pend n de conquista, con susj caras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pin n el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pin n, despu s de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver d as y d as el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un rbol seco, fue atrevi ndose con l, llev la confianza al extremo de abrazarse al le o y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las j caras que hab a visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado, le acomet a un p nico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el c sped.
Emma Valc rcel fue una hija nica mimada. A los quince a os se enamor del escribiente de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio Reyes, pertenec a a una honrada familia, distinguida un siglo atr s, pero, hac a dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era un hombre pac fico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de coraz n, mani tico de la m sica y de las historias maravillosas, buen parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que hab a en el pueblo. Era guapo a lo rom ntico, de estatura regular, rostro ovalado p lido, de hermosa cabellera casta a, fina y con bucles, pie peque o, buena pierna, esbelto, delgado, y vest a bien, sin afectaci n, su ropa humilde, no del todo mal cortada. No serv a para ninguna clase de trabajo serio y constante; ten a preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortograf a era extremadamente caprichosa y fant stica; es decir, no era ortograf a.
Que no conocen ustedes a la de Casa-Pinar? Pues si no se ve por ah otra cosa Ella es la golondrina que s hace verano. En cuanto asoma agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar. Es una golondrina que no viene de frica, a no ser que frica empiece en Pajares. Viene de tierra de Campos o cosa as es hige life... de tierra, y, a todo tirar, de Toro. Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los labios, a saber: que por milagro de Dios no est en San Sebasti n o en Ostende o en Corls..., eso, en fin, donde la se ora de C novas. Todav a da la mano como se daba el a o ochenta y tantos, es decir, como quien da una coz con los remos delanteros.
Ya nadie se acuerda de l. Y sin embargo, tuvo un papel importante en la comedia humana, aunque s lo vivi doce a os sobre el haz de la tierra. A los doce a os muchos hombres han sido causa de horribles guerras intestinas, y son ungidos del Se or, y revelan en sus ni er as, al decir de las cr nicas, las grandezas y haza as de que ser n autores en la mayor edad. Pip , a no ser por m , no tendr a historiador; ni por l se armaron guerras, ni fue ungido sino de la desgracia. Con sus harapos a cuestas, con sus vicios precoces sobre el alma, y con su natural ingenio por toda gracia, am n de un poco de bondad innata que ten a muy adentro, fue Pip un gran problema que nadie resolvi , porque pas de esta vida sin que fil sofo alguno de mayor cuant a posara sobre l los ojos. Tuvo fama; la sociedad le temi y se arm contra l de su vindicta en forma de puntapi , suministrado por grosero polizonte o evang lico presb tero o zafio sacrist n.
Hay un lugar en el Norte de Espa a adonde no llegaron nunca ni los romanos ni los moros; y si do a Berta de Rondaliego, propietaria de este escondite verde y silencioso, supiera algo m s de historia, jurar a que jam s Agripa, ni Augusto, ni Muza, ni Tarick hab an puesto la osada planta sobre el suelo, mullido siempre con tupida hierba fresca, jugosa, obscura, aterciopelada y reluciente, de aquel rinc n suyo, todo suyo, sordo, como ella, a los rumores del mundo, empaquetado en verdura espesa de rboles infinitos y de lozanos prados, como ella lo est en franela amarilla, por culpa de sus achaques. Pertenece el rinc n de hojas y hierbas de do a Berta a la parroquia de Pie del Oro, concejo de Carre o, partido judicial de Gij n; y dentro de la parroquia se distingue el barrio de do a Berta con el nombre de Zaorn n, y dentro del barrio se llama Susacasa la hondonada frondosa, en medio de la cual hay un gran prado que tiene por nombre Aren. Al extremo Noroeste del prado pasa un arroyo orlado de altos lamos, abedules y c nicos humeros de hoja obscura, que comienza a rodear en espiral el tronco desde el suelo, tropezando con la hierba y con las flores de las m rgenes del agua. El arroyo no tiene all nombre, ni lo merece, ni apenas agua para el bautizo; pero la vanidad geogr fica de los due os de Susacasa lo llam desde siglos atr s el r o, y los vecinos de otros lugares del mismo barrio, por desprecio al se or o de Rondaliego, llaman al tal r o el regatu, y lo humillan cuanto pueden, manteniendo inc lumes capciosas servidumbres que atraviesan la corriente del cristalino hu sped fugitivo del Aren y de la llosa; y la atraviesan oh sarcasmo , sin necesidad de puentes, no ya romanos, pues queda dicho que por all los romanos no anduvieron; ni siquiera con puentes que fueran troncos huecos y medio podridos, de verdores redivivos al contacto de la tierra h meda de las orillas. De estas servidumbres tiranas, de ignorado y sospechoso origen, democr ticas victorias sancionadas por el tiempo, se queja amargamente do a Berta, no tanto porque humillen el r o, cruz ndole sin puente (sin m s que una piedra grande en medio del cauce, islote de s lice, gastado por el roce secular de pies desnudos y zapatos con tachuelas), cuanto porque marchitan las m s lozanas flores campestres y matan,
Yo soy, y espero ser mientras viva, partidario del arte por el arte, en el sentido de mantener como dogma seguro el de su sustantividad independiente. No hay moda literaria, ni reacci n que valgan para sacarme de esta idea. Sigo opinando que los libros no pueden ser morales ni inmorales, como los Estados no pueden ser ateos ni cat licos, a no ser en el mundo de los tropos peligrosos. Aun reduciendo el significado de moral a la virtud que una cosa pueda tener para moralizar a los que cabe que sean seres morales (los individuos racionales), dir que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo as , porque en ellos predomina la atenci n del autor a los fen menos de la conducta libre, a la psicolog a de las acciones intencionadas. No es lo principal, en la mayor parte de estas invenciones m as, la descripci n del mundo exterior, ni la narraci n interesante de vicisitudes hist ricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad. Al dar ese tinte general a estos cuentos (como lo tienen otros antes publicados y muchos que se publicar n, si Dios quiere, m s adelante) no sigo inspiraci n ajena, ni tendencias de escuela, ni pruritos de la moda, ni nada que se le parezca: no sigo m s que naturales impulsos que la edad imprime en quien llega a la m a y es, por vocaci n y hasta por oficio, inclinado a reflexionar un poco. Ya lo han dicho muchos escritores insignes: el lado moral de la vida preocupa al hombre amigo de pensar, m s que cuando la vida empieza, o est en su florecimiento, cuando nos vamos haciendo ricos de experiencia del mundo... para aprender a dejarlo dignamente. Tal vez esto contribuya a que el progreso moral no sea tan r pido como otros: los que m s tienen que hacer en el mundo todav a, los j venes, no saben lo que deben hacer; y a los viejos, los que ya saben algo de la vida... lo que m s les importa es morirse. Yo no soy viejo todav a; pero, como si lo fuera... porque ya no soy joven. Si en la juventud hubiese sido poeta, en el fondo de mis obras se hubiera visto siempre una idea capital: el amor, el amor de amores, como dice Valera, el de la mujer; aunque tal vez muy plat nico. Como en la edad madura soy autor de cuentos y novelillas, la sinceridad me hace dejar traslucir
Cuentos morales revelan la facetas m s sensibles del ser humano, todo ello lleno de ternura y otras, rebosando s tira mordaz y punzante punzante iron a. "... dir que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo as , porque en ellos predomina la atenci n del autor a los fen menos de la conducta libre, a la psicolog a de las acciones intencionadas"
Pip , un harapiento pillete de doce a os, es, como C sar, r pido en la ejecuci n de sus planes y, gracias a eso, se introduce, disfrazado, en una casa rica donde sirve de distracci n a Irene, una ni a a la que su madre cuida con mimo. All conoce un mundo que ignoraba al escuchar los cuentos con que su madre distrae a Irene.
En una triste y m sera ciudad espa ola de provincia Bonifacio Reyes, marido de Emma Valc rcel, llega a convertirse en el amante de Serafina Gorgheggi, cantante de una compa a de pera, en tanto que su mujer, en un ambiente de corrupci n general provocado sobre todo por la entrada en su casa de los cantantes italianos llega tambi n a ser la amante del bar tono Minghetti. Cuando Bonifacio cree haberse redimido, al ser padre de un ni o en quien pone todas su esperanzas, Serafina le descubre cruelmente que no es l, sino el bar tono, el padre de la criatura.
El gallo de S crates es una colecci n de cuentos publicada en 1891 por la Editorial Maucci. La colecci n incluye seis cuentos cortos: -El gallo de S crates. -Un voto. -El sombrero del cura. -Dos sabios. -En la droguer a. -En el tren.
En las p ginas de La Regenta el joven catedr tico de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas, pretend a crear un gran fresco narrativo sobre la sociedad burguesa y urbana, dominada por la nobleza decadente, el clero ego sta y la pol tica caciquil, centrado en la seducci n y el adulterio de una dama, Ana Ozores, representativa de aquella sociedad. Influido por la escuela naturalista fundamentada en Zola y Maupassant, pero anclado a n en argumentos rom nticos, Leopoldo Alas "Clar n" escribi la que ha sido considerada como la mejor novela del siglo XIX espa ol. Gregorio Torres Nebrera es catedr tico de Literatura Espa ola de la Universidad de Extremadura. Especialista en los siglos XIX y XX, de su trabajo destacan sus estudios y ediciones de Larra, Zorrilla, Valle-Incl n, Azor n, Alberti, y de los autores del teatro espa ol contempor neo.
Es la historia de Pin n y Rosa, dos ni os gemelos, que junto con la Cordera y su padre, Ant n de Chinta, viven en el prado Somonte, y van descubriendo de modos diferentes el progreso a su alrededor, representado por el tren y por el poste de tel grafo.
Esta novela es una obra maestra de la literatura corta, escrita por Leopoldo Alas en 1892. Do a Berta, una mujer de 70 a os, ltimo miembro de los Rondaliegos, recibe la inesperada visita de un pintor que no s lo le devuelve la evocaci n de dulces y terribles recuerdos de juventud, sino que le da la posibilidad de reparar una lejan sima culpa. Un delirio quijotesco de extraordinaria fuerza dram tica y belleza literaria.
Obra de gran extensi n, ostenta cierta declarada semejanza con Madame Bovary de Flaubert, y Ana Karenina influencia a la que habr a que a adir la del naturalismo y la del krausismo (corriente filos fica que pretend a la regeneraci n cultural y moral de Espa a). La Regenta se destaca por su gran riqueza de personajes y planos secundarios, as como el uso de la t cnica del fluir de los recuerdos, mientras que el retrato de la protagonista queda delicadamente plasmado.
Escritos por Leopoldo Alas Clar n en 1896, los Cuentos morales, constituyen una colecci n de veintiocho relatos de muy diverso tono: puramente sat ricos (Gonz lez Brib n, Snob), on ricos (El fr o del papa) o simb licos (La noche-mala del diablo). Destacan especialmente aquellos en los que predomina la ternura y el lirismo: Boro a, Chiripa, El d o de la tos, Un grabado, El torso, El Quin, La trampa, El sustituto, La reina margarita. En ocasiones, s tira y ternura se dan la mano, como en Flirtation leg tima. No hallamos en ning n caso juicios de valor: compete al lector inteligente extraer los principios morales que se esconden tras las peripecias de estos personajes y sus vicisitudes.
Una novela original para su poca en donde el narrador no se limita a un punto de vista fijo, sino que esta en constante cambio. Esta particularidad proyecta en la novela una mirada ir nica y problem tica de la vida.
n las p ginas de La Regenta el joven catedr tico de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas, pretend a crear un gran fresco narrativo sobre la sociedad burguesa y urbana, dominada por la nobleza decadente, el clero ego sta y la pol tica caciquil, centrado en la seducci n y el adulterio de una dama, Ana Ozores, representativa de aquella sociedad. Influido por la escuela naturalista fundamentada en Zola y Maupassant, pero anclado a n en argumentos rom nticos, Leopoldo Alas "Clar n" escribi la que ha sido considerada como la mejor novela del siglo XIX espa ol.
Los Cuentos morales, constituyen una colecci n de veintiocho relatos de muy diverso tono: puramente sat ricos (Gonz lez Brib n, Snob), on ricos (El fr o del papa) o simb licos (La noche-mala del diablo). Destacan especialmente aquellos en los que predomina la ternura y el lirismo: Boro a, Chiripa, El d o de la tos, Un grabado, El torso, El Quin, La trampa, El sustituto, La reina margarita. En ocasiones, s tira y ternura se dan la mano, como en Flirtation leg tima. No hallamos en ning n caso juicios de valor: compete al lector inteligente extraer los principios morales que se esconden tras las peripecias de estos personajes y sus vicisitudes.
Obra maestra de la novela corta. Do a Berta, ltimo y anciano miembro de la estirpe de los Rondaliegos, recibe la inesperada visita de un pintor que no s lo le devuelve la evocaci n de dulces y terribles recuerdos de juventud, sino la posibilidad de reparar una lejan sima culpa. Un delirio quijotesco de extraordinaria fuerza dram tica y belleza literaria.