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Kirjailija
Vicente Blasco Ibanez
Kirjat ja teokset yhdessä paikassa: 633 kirjaa, julkaisuja vuosilta 2000–2026, suosituimpiin kuuluu La araña negra (tomo 1). Vertaile teosten hintoja ja tarkista saatavuus suomalaisista kirjakaupoista.
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Sangre y arena es una novela de Vicente Blasco Iba ez publicada en 1908 e inspirada parcialmente en la vida del torero sevillano Manuel Garcia Cuesta El Espartero, muerto por una cogida en la plaza de toros de Madrid en 1894. La vida del torero espa ol Juan Gallardo, cambia por completo. De haber tenido una infancia en la pobreza, triunfa como matador y consigue fama, dinero, tierras y mujeres. Se casa pero al mismo tiempo tiene una amante, Do a Sol. Cuando su esposa se da cuenta que la ha enga ado la novela da un giro...
Conocido sobre todo por su abundante producci n novel stica, cultiv asimismo el g nero del cuento, a trav s del cual perfeccionaba recursos narrativos y se adentraba en el tratamiento de las pasiones humanas. Publicados inicialmente en el diario El Pueblo y reunidos posteriormente en un volumen, los trece relatos que integran CUENTOS VALENCIANOS van desde la recreaci n de tradiciones populares, como En la puerta del cielo o El drag n del Patriarca, hasta estampas de gran vigor expresivo donde se exploran el amor (Dim ni), los celos ( Cosas de hombres ), la venganza (Guapeza valenciana), la frustraci n (Noche de bodas) o los primeros desenga os de la adolescencia (El femater), entre otros.
Como en todos los d as de corrida, Juan Gallardo almorz temprano. Un pedazo de carne asada fue su nico plato. Vino, ni probarlo: la botella permaneci intacta ante l. Hab a que conservarse sereno. Bebi dos tazas de caf negro y espeso, y encendi un cigarro enorme, quedando con los codos en la mesa y la mand bula apoyada en las manos, mirando con ojos so olientos a los hu spedes que poco a poco ocupaban el comedor. Hac a algunos a os, desde que le dieron la alternativa en la Plaza de Toros de Madrid, que ven a a alojarse en el mismo hotel de la calle de Alcal , donde los due os le trataban como si fuese de la familia, y mozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras le adoraban como una gloria del establecimiento.
Sus primeros amores fueron con una emperatriz. El ten a diez a os y la emperatriz seiscientos. Su padre, don Esteban Ferragut-tercera cuota del Colegio de Notarios de Valencia-, admiraba las cosas del pasado. Viv a cerca de la catedral, y los domingos y fiestas de guardar, en vez de seguir los fieles que acud an los aparatosos oficios presididos por el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su mujer y su hijo o r misa en San Juan del Hospital, iglesia peque a, rara vez concurrida en el resto de la semana.
Como todas las ma anas, el marqu s de Torrebianca sali tarde de su dormitorio, mostrando cierta inquietud ante la bandeja de plata con cartas y peri dicos que el ayuda de c mara hab a dejado sobre la mesa de su biblioteca. Cuando los sellos de los sobres eran extranjeros, parec a contento, como si acabase de librarse de un peligro. Si las cartas eran de Par s, frunc a el ce o, prepar ndose una lectura abundante en sinsabores y humillaciones. Adem s, el membrete impreso en muchas de ellas le anunciaba de antemano la personalidad de tenaces acreedores, haci ndole adivinar su contenido. Su esposa, llamada la bella Elena, por una hermosura indiscutible, que sus amigas empezaban considerar hist rica causa de su exagerada duraci n, recib a con m s serenidad estas cartas, como si toda su existencia la hubiese pasado entre deudas y reclamaciones. l ten a una concepci n m s anticuada del honor, creyendo que es preferible no contraer deudas, y cuando se contraen, hay que pagarlas.
Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela, entr Ferm n Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera bodega de Jerez, conocida en toda Espa a; Dupont Hermanos, due os del famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos m ritos se pregonan en la cuarta plana de los peri dicos, en los r tulos multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua de los caf s. Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de retraso. Sus compa eros apenas levantaron la vista de los papeles cuando l entr , como si temieran hacerse c mplices con un gesto, con una palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Ferm n mir con inquietud el vasto sal n del escritorio y se fij despu s en un despacho contiguo, donde en medio de la soledad alz base majestuoso un bureaude lustrosa madera americana. El amo no hab a llegado a n. Y el joven, m s tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenz a clasificar los papeles, ordenando el trabajo del d a.
En 1910, el escritor valenciano abandon la creaci n y cruz el Atl ntico para probar fortuna como colono en la Argentina. Transcurridos los a os, los recuerdos de aquella empresa fracasada impregnan una historia que se desarrolla en los ridos territorios de R o Negro, en la Patagonia, y tiene como punto de arranque un asunto que le permite exponer, de forma ficcional, uno de los tipos femeninos caracter sticos de su narrativa: el de la mujer vamp, capaz de seducir a los hombres y sembrar la discordia en el tranquilo poblado de la Presa. La novela sobresale por la destreza descriptiva del escritor, por su h bil manejo de los resortes melodram ticos y por la importancia que se le concede a la emigraci n europea al continente americano en las primeras d cadas del siglo XX.
En 1903, un a o de extraordinaria cosecha en la literatura espa ola del siglo XX, Vicente Blasco Ib ez, publica La Catedral, segunda de sus novelas sociales o de rebeld a, como l dio en denominarlas. En plena crisis, cuya espoleta hab a quedado identificada en el Desastre cubano, el autor levantino echa el resto y destila con verdadero furor todas las ideas y peripecias que su largo compromiso pol tico hab a acumulado hasta forjar una actitud personal que, si no demasiado clara en cuanto a qu ser a lo mejor para sacar a Espa a de su marasmo, s se revest a de una ideolog a sustentada sobre dos pilares b sicos: republicanismo y anticlericalismo.
Una colecci n de cuentos largos de Blasco Ib ez publicados con este t tulo que lo es tambi n de uno de los relatos. La maestr a de Blasco para el cuento, reconocida en todos los tiempos. Contiene los cuantos: El pr stamo de la difunta - El monstruo - El rey de las praderas - Noche servia - Las plumas del cabur - Las v rgenes locas - La vieja del cinema - El autom vil del general - Un beso - La loca de la casa - La sublevaci n de Mart nez - El empleado del coche-cama - Los cuatro hijos de Eva - La cigarra y la hormiga.
Este es un cuento perteneciente al libro La condenada con otros cuentos con narrativa maravillosa en el mejor estilo del autor: Primavera triste - El par sito del tren - Golpe doble, En el mar; Hombre al agua -Un silbido; Lobos de mar -Un funcionario -El ogro- La barca abandonada; El maniqu -La paella del roder -En la boca del horno; El milagro de San Antonio -Venganza moruna y La pared .
La novela m s pol tica del autor en donde cuenta los conflictos sociales durante la Vizcaya moderna que enfrentan los antiguos carlistas con el proletariado minero, quedando en medio los burgueses liberales que desarrollaron la ciudad. Vicente Blasco Ib ez en El Intruso (1904) nos ofrece una descripci n naturalista de las condiciones de trabajo y habitabilidad de la miner a vasca del hierro en torno a Triano (Vizkaya, Bizkaia). El autor levantino nos expone el punto de vista empresarial, el de los contratistas, capataces y obreros, as como el del propio m dico minero. El distrito minero vizca no aparece all descrito con abundancia de detalles referidos, por ejemplo, al transporte del mineral (mediante planos inclinados, tranv as a reos, vagonetas, ferrocarriles y embarcaderos y cargaderos de los muelles), al paisaje alterado, a la actividad de las compa as extranjeras o a la inmigraci n asociada al trabajo de las minas.
Sobre las tierras del t o Barret, que se atrevi a romper las cadenas y a cortar la cabeza del amo, don Salvador, con la consiguiente ruina de su familia, pesa una maldici n. Convertidas en s mbolo de la lucha contra los terratenientes, nadie debe cultivarlas. La hostilidad se desata contra un forastero, Batiste Borrull, que, con el sue o de sacar a su familia adelante, decide arrendarlas, desatando as una tempestad de odio y resentimiento que culmina tr gicamente. En la mejor tradici n de la novela naturalista, Vicente Blasco Ib ez (1867-1928) se demora en LA BARRACA (1898) en el an lisis de la psicolog a colectiva y achaca la crueldad de los personajes a los bajos instintos y a la brutalidad del medio en que viven. En estas circunstancias adversas, la lucha del maestro, don Joaqu n, para educar a sus alumnos, podr resultar infructuosa.
Mare nostrum (1918) es una de las novelas m s reconocidas a nivel internacional del autor, catalogada como Best-Seller. Tomando como eje la vida y aventuras del capit n Ulises Ferragut, (apellido que es una variante valenciana del personaje balzaquiano, Ferragus) que es un navegante valenciano afincado en Barcelona desde donde inicia sus periplos marineros mercantes, como el Ulises que lleva por nombre, Blasco hace alternar la vida del marino con otros m ltiples personajes as como con la historia del Mediterr neo, los pueblos que desde sus riberas lo fueron recorriendo y atravesando a lo largo de los siglos, los mitos y leyendas, los pobladores zool gicos bajo sus aguas, su pesca y cocina. Desde el comienzo hasta el final de la novela, el esp ritu y la alusi n directa a la diosa griega Anfitrite impregna la lectura. Anfitrite, nereida y esposa de Poseid n, diosa de los mares calmos, es el icono con la que se inicia y acaba la novela, con una imagen bell sima. Mare Nostrum es, adem s, el nombre con que Ferragut bautiza a su barco, cuando finalmente puede permitirse comprar uno y ser su propio patr n. La otra trama, la que comienza avanzada ya la novela, es la seducci n amorosa mezclada con la intriga b lica. La guerra europea irrumpe como una tromba estando Ferragut en N poles en dique seco. Tambi n como una tempestad comienza su atracci n por una bella mujer. El marino se ve inmerso, por su relaci n con la dama, en actividades que tendr n dram ticas y terribles consecuencias, no s lo personales, sino pol ticas, para todo el Mediterr neo y el movimiento de la guerra. Al modo como Balzac describe los movimientos de su Ferragus por las calles y barrios de Par s tras una bella dama, describe Blasco con detalle toda la zona de N poles, que l mismo hab a visitado muchos a os atr s. A las descripciones de las bellezas del paisaje y los restos arqueol gicos, va unida la pasi n, inevitablemente presente en los textos de Blasco, hombre impulsivo, ardiente, amante de los placeres de la vida. Pero las cosas se complican y van m s lejos de lo que Ferragut espera, vi ndose envuelto en acciones ignominiosas, instigado por los oscuros grupos que sustentan a la dama. Finalmente Esteban, cual moderno Tel maco en busca de un Ulises perdido, sale en busca de su padre. Y a partir de aqu el drama se precipita y suceden escenas de gran tensi n y fuerza. La acci n se reconvierte y Ferragut, cargado de ansiedad y deseos de venganza, da un giro radical a su vida y comienza a jug rsela, bordeando peligros cada vez mayores, con una decidida intervenci n personal en la guerra dentro del lado aliado. Alternando con toda esta narraci n, encontramos fragmentos de historias, relatos, an cdotas, como la historia de la expedici n a Bizancio de los almog vares aragoneses y Roger de Flor, las incursiones de piratas berberiscos y el gran Barcel , los distintos movimientos de los reyes medievales por el mediterr neo, as como la decadencia de todos estos movimientos al abrirse las puertas atl nticas hacia tierras americanas.
Sobre las tierras del t o Barret, que se atrevi a romper las cadenas y a cortar la cabeza del amo, don Salvador, con la consiguiente ruina de su familia, pesa una maldici n. Convertidas en s mbolo de la lucha contra los terratenientes, nadie debe cultivarlas. La hostilidad se desata contra un forastero, Batiste Borrull, que, con el sue o de sacar a su familia adelante, decide arrendarlas, desatando as una tempestad de odio y resentimiento que culmina tr gicamente. En la mejor tradici n de la novela naturalista, Vicente Blasco Ib ez (1867-1928) se demora en LA BARRACA (1898) en el an lisis de la psicolog a colectiva y achaca la crueldad de los personajes a los bajos instintos y a la brutalidad del medio en que viven. En estas circunstancias adversas, la lucha del maestro, don Joaqu n, para educar a sus alumnos, podr resultar infructuosa.
Continuaci n de El Papa del Mar, en la que se da inicio a la historia amorosa que liga a Claudio Borja, un joven poeta valenciano, y Rosaura Salcedo, una rica dama argentina, esta novela en la que prosiguen sus avatares puede leerse perfectamente, sin embargo, como novela suelta. Si en la anterior era Claudio quien introduc a la acci n paralela narrando a Rosaura la historia del cism tico Benedicto XIII, "el Papa Luna", aqu es Baltasar Figueras, t o de Claudio, quien evoca vivamente el ascenso y apogeo de los Borgia en la Roma del siglo XV, una ciudad postrada A los pies de Venus, divinidad despertada despu s de tantos siglos de sue o mortal.
Sobre las tierras del t o Barret, que se atrevi a romper las cadenas y a cortar la cabeza del amo, don Salvador, con la consiguiente ruina de su familia, pesa una maldici n. Convertidas en s mbolo de la lucha contra los terratenientes, nadie debe cultivarlas. La hostilidad se desata contra un forastero, Batiste Borrull, que, con el sue o de sacar a su familia adelante, decide arrendarlas, desatando as una tempestad de odio y resentimiento que culmina tr gicamente. En la mejor tradici n de la novela naturalista, Vicente Blasco Ib ez (1867-1928) se demora en LA BARRACA (1898) en el an lisis de la psicolog a colectiva y achaca la crueldad de los personajes a los bajos instintos y a la brutalidad del medio en que viven. En estas circunstancias adversas, la lucha del maestro, don Joaqu n, para educar a sus alumnos, resulta infructuosa.
En julio de 1914 not los primeros indicios de la pr xima guerra europea, viniendo de Buenos Aires a las costas de Francia en el vapor alem n K nig Friedrich August. Era el mismo buque que figura en los primeros cap tulos de esta obra. No quise cambiar ni desfigurar su nombre. Copias exactas del natural son tambi n los personajes alemanes que aparecen en el principio de la novela. Los o hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar, con una copa de champa a en la mano, la posibilidad, cada vez m s cierta, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos. Y esto en medio del Oc ano, lejos de las grandes agrupaciones humanas, sin otra relaci n con el resto del planeta que las noticias intermitentes y confusas que pod a recoger la telegraf a sin hilos del buque en aquel ambiente agitado por los mensajes ansiosos que cruzaban todos los pueblos ... Por eso sonr o con desprecio o me indigno siempre que oigo decir que Alemania no quiso la guerra y que los alemanes no estaban deseosos de llegar a ella cuanto antes.
Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna lleg ante la catedral. En las estrechas calles toledanas todav a era de noche. La azul claridad del alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se esparc a con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombr a construcci n de la poca de Carlos V. Gabriel pase largo rato por la desierta plazuela, subi ndose hasta las cejas el embozo de la capa, mientras tos a con estremecimientos dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del fr o, contemplaba la gran puerta llamada del Perd n, la nica fachada de la iglesia que ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas, aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados, con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la iglesia-madre espa ola, ahogada por el oleaje de apretados edificios que la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiri ndose a ellos, sin dejarla mostrar sus galas exteriores m s que en el reducido espacio de las callejuelas que la oprimen.
El autor narra en esta hermosa y emocionante novela esas dos semanas durante las que, encerradas en el transatl ntico, vidas distintas se entrecruzan, coinciden y se oponen. Ha sido un viaje lleno de voluntad y de esperanza para millonarios europeos y nuevos ricos americanos, o para tristes emigrantes italianos y espa oles que sufren vej menes y transformaciones apoyados en la ilusi n.
El autor relata que, a ra z del xito de las pel culas realizadas basadas en algunas de sus novelas, su productora le propuso escribir un gui n. Este fue el origen de El para so de las mujeres, retomando el escritor valenciano su entusiasmo infantil por los Viajes de Gulliver para imaginar una secuela del viaje a Liliput ambientada doscientos a os m s tarde. El protagonista, Edwin Gillespie, es un joven ingeniero sin fortuna enamorado de la hija de un rico potentado ya fallecido. La muchacha corresponde a su amor, pero su madre se niega a dar su consentimiento al noviazgo mientras Edwin no demuestre ser capaz de enriquecerse tal como lo hiciera su difunto esposo. As pues Edwin decide embarcarse con destino a Australia, pensando que en ese pa s podr hacer fortuna para lograr la mano de su amada. El barco en el que viaja el protagonista naufraga frente a las costas de la Tierra de Van Diemen (Tasmania) y este acaba llegando en un bote salvavidas a una playa desconocida que pertenece a la costa de la antigua Liliput. En los dos siglos transcurridos entre la llegada de Gulliver y la de Edwin Gillespie, es evidente que en Liliput han pasado muchas cosas... lo que permite a nuestro autor dar rienda suelta a su imaginaci n.